Marcomonzon's Blog

05/09/2010

Prosas Cuaresmales III

Filed under: LITERATURA CUARESMAL — marcomonzon @ 09:05
Tags:

  • 21. La procesión de mi barrio
  • 22. No salió a las calles.
  • 23. Los angelitos
  • 24. Su primer turno
  • 25. Honor entrada
  • 26. Estoy creciendo
  • 27. Está a tu lado
  • 28. El último esfuerzo
  • 29. Que bella cruz
  • 30. Este año no…

LA CUARESMA DE MI GUATEMALA

PARTE III


(21) LA PROCESION DE MI BARRIO

Es humilde, sencilla, desordenada si se quiere, pobre porque no cuenta con tanto apoyo como sucede con los grandes cortejos de la semana mayor. Es un Jesús, sin tradición de siglos, sin definición barroca en su escultura, es una imagen cuya historia ni siquiera llega al siglo.  Él sale a las calles en un anda pequeña, porque gracias a Dios, un grupo de Hermanos se ha dado a la tarea de trabajar en pro de la tradición. ¿Acaso no vale lo mismo salir un domingo de cuaresma en un apartado barrio de la ciudad, que un día de la semana mayor, acompañando al suntuoso cortejo que tradicionalmente durante siglos ha visitado las calles del “Centro Histórico de la Ciudad”? ¿No es el mismo Jesús, vestido de mayor humildad?  ¿No sale  acaso a pregonar por  las calles estrechas, empolvadas y tristes de nuestra pobreza marginal el mismo mensaje de humildad y reconciliación con Dios?

Tú, Señor, nos has dado la luz suficiente para que ilumine nuestros corazones y nos demos cuenta que tanto vales en la procesión de la Semana Mayor, como en la del domingo de cuaresma del barrio, pero parece que nos cuesta abrir nuestros ojos ante tan irreversible verdad. Seguimos pensando que estamos más cerca de Ti, solo si vamos uniformados en el gran desfile de más de doce horas.  Que nos acercamos más a Ti, solo si el peso del anda es mayor por sus dimensiones extraordinarias.

Permítenos Señor, ser parte también de ese pequeño cortejo que se ha abierto paso entre los años, que han sobrevivido a las contrariedades económicas sufridas para llevar a cada segmento marginal de nuestra ciudad, la voz de consuelo de tu pasión, la meditación del perdón que nos brindaste en la cruz, la esperanza de estar un día a tu lado cuando interpretemos el mensaje que nos has enviado a través de esas sencillas alegorías.

Déjanos ser parte de Ti también en la humildad, como lo somos en la grandeza, permítenos encontrarte en el templo del barrio humilde, como te encontramos en las históricas iglesias tradicionales.

(22) NO SALIO A LAS CALLES

(A Jesús Nazareno de la parroquia Santísima Trinidad -1999- )

Fue una fecha muy especial.  La imagen cumplía cincuenta años de veneración, de recorrer las calles del tradicional barrio. Todo estaba preparado, y aunque era época de cuaresma, valía la pena estar orgullosos de llegar a una fecha tan especial.  Sin embargo, la tarde se puso triste, su tristeza se convirtió en llanto y el llanto en una fuerte lluvia que no permitió que Jesús saliera a las calles, a tiempo para hacer su recorrido tradicional.  Por fin, cuando el cielo se despejó, se inició el cortejo. Él iba en humilde pero bella anda para dar sus bendiciones a quienes pacientemente lo habían esperado, pero Dios dispuso que no fuera así.  Jesús debía regresar a su templo minutos después, cuando nuevamente se declaraba la lluvia con la misma fuerza de los minutos anteriores.  La Iglesia se inundó de una tristeza enorme al ver que este año no se realizaría la tradición.  Los preparativos se habían quedado en eso, las alfombras las había borrado la lluvia y el adorno del anda totalmente mojado y con peligro de deteriorarse.  Y Jesús…  Jesús estaba totalmente bañado, con su túnica empapada, un diluvio le había caído encima.

Señor, que forma de enseñarnos que no siempre se hará nuestra voluntad, sino la tuya.  Cómo nos mostraste que eres Tú quien maneja la naturaleza a tu antojo.  Que nosotros somos insignificantes criaturas que no podemos hacer más que tu santa voluntad.  Y no fue una lección la que nos diste, sino una solicitud, que te diéramos una manifestación de humildad.  No quisiste llegar a nuestras calles, porque deseabas por esta vez, que nosotros llegáramos a acompañarte a tu Iglesia.  Quizá muchos de nosotros no hemos llegado a verte y solo te esperamos una vez al año para acompañarte, por eso dispusiste que ahora las cosas fueran al revés.

Gracias Señor, porque como pastor llamaste a tu rebaño para que unido comprendiera que somos nosotros los obligados a llegar a Ti, como lo indicaba la alegoría de tu anda.

(23) LOS ANGELITOS

(Semana Santa de 1,993)

En la procesión de Viernes Santo, cuando todo es tan solemne, me ha sorprendido mi hijo de cinco años.  Desde que nació lo he llevado  a las procesiones vistiendo su uniforme de cucurucho.  Al pasar los años,  cada Semana Santa él mismo ha aprendido a preparar  los ropajes que lo revestirán como un devoto más, ansioso de llevar a Jesús en sus hombros.  Por designios de Dios, él no tiene hermanos.  Los que pudo haber tenido, fueron llamados al cielo antes de nacer, cuando apenas eran unas semillitas en el vientre materno.  La curiosidad infantil lo llevaba siempre a preguntarme por aquellas criaturitas, a lo que yo le respondía que se habían convertido en angelitos que jugaban a la par de Jesús y de la Virgen María, en el cielo al que el Padre Eterno los había llamado.  “Además, -le dije un día- para las procesiones acompañan a Jesús en su anda”.  Y así con esa idea en la mente, salimos de casa, revestidos de luto, para participar en el Santo Entierro del Cristo del Amor.  Aparecieron las filas en la esquina, y poco a poco fue asomando el anda que portaba al Yacente, esta vez, con una alegoría que incluía una serie de infantes angelitos rodeando al Cristo.  Fue tal la impresión de mi hijo, que de inmediato gritó:  “Papa, papa, ahí vienen mis hermanitos”.  Sabes muy bien Señor, la inmensa emoción que sentí en aquel momento.  Por un instante olvidé que era Viernes Santo, que estabas muerto, y solo pensé que en el corazón de mi hijo estabas más vivo que en todos los que te mirábamos pasar. Aquel espíritu inocente te miraba y miraba con gran ilusión, en esas imágenes pequeñitas, a sus hermanitos que Tú te anticipaste a llamar a tu lado.   Era un alma limpia la que lograba visualizar en aquella alegoría, la grandeza de Dios transformada en la dicha de conocer a quienes en algún momento tuvieron vida, pero que  no pudieron llegar a alegrar nuestro hogar.

Gracias a Ti, Cristo del Amor, él  pudo conocer a sus hermanitos que en el cielo están jugando a tu lado mientras aquí  me consuelan y lo cuidan con fraternal amor.

(24) SU PRIMER TURNO

“Papito, ya no quiero ser aspirante”   me dijo mi hijo cuando fuimos juntos para que pudiera optar a tener un turno en el singular cortejo.

“Su hijo aún no da el alto, señor…,”  fue la respuesta que de inmediato recibí, cuando lo llevé por primera vez para que fuera inscrito como cucurucho de la procesión infantil.

Sin embargo, algo pasó y otro hermano le dijo, “véndele el turno”, por lo que lleno de emoción, mi niño quedó inscrito, a pesar de que aún su tamaño era mínimo.  Llegó el día de la procesión, y ahí estaba él, vestido de cucuruchito, con su túnica morada, emocionado porque podría cargar por primera vez al Pequeño Nazareno, para imitar así la tradición de su padre a quien año con año acompañaba en los grandes cortejos, a los cuales soñaba que algún día podría también asistir como devoto cargador.  Para él ha sido bello ser Aspirante, porque te ofrece Señor, sus pasitos cortitos, su pequeño esfuerzo por caminar más de lo acostumbrado cotidianamente, porque empieza a enraizar en su corazón el gusto por el olor a corozo, por la música sacra, por aquella “Marcha Fúnebre”, “Los Pasos” o aunque le cueste aún reconocerla,  aquella “Reseña” que también le ayuda a identificar esta importante época del año.   Ahí va, Señor,  hace su primer esfuerzo y  toma el anda en sus hombros,  con pasitos quizá torpes y no acostumbrados al vaivén, pero ahí lo tienes haciendo todo lo posible por llegar hasta la esquina.  Tal ves aún no tenga la mística del adulto, pero en su corazón  ya lleva una humilde y sencilla plegaria que te eleva para pedirte por la unión familiar,  quizá porque para Navidad obtenga los regalos que tanto ha deseado, o porque después se le conceda que le compre su golosina favorita.  Pero en esas sencillas peticiones, va el corazón inocente de una criatura que desde ahora te ofrece ser uno más de tus servidores.

Permíteme Señor, guiarlo adecuadamente para que pueda seguir también ese camino que la tradición y la fe de mis antepasados hace años me heredaron.


(25) HONOR ENTRADA

Afortunadamente para mi hijo, Dios me escuchó cuando le pedí que me permitiera conseguirle el último turno de las procesiones de Semana Santa.  Es así como desde el primer año que dejó de ser “aspirante” en la solemne procesión infantil de Sábado Santo, caminó durante la tarde todo el recorrido del cortejo, sin dar una sola muestra de cansancio, pues a su tierna edad, ya comprendía el  privilegio que significaba ser portador del anda en el turno de Entrada.  Lleno de emoción esperó cuando el “Sepultadito” llegaba al atrio de la Iglesia y esperaba el último cambio de turno.  Aunque quizá le faltó un poco de estatura, él se empinaba para que su hombro llegara a  la almohadilla.  De esa forma al entrar a la nave central con los acordes de la Marcha Fúnebre y con paso pausado y solemne, como pocas veces se ve en un turno de niños, fue caminando lentamente, el primero de la fila, hacia el interior del templo donde dejaría en el dosel al Cristo Yacente del Amor, que en su pequeña réplica daba la bendición a los pequeñitos que se le habían acercado ese año, para tener la oportunidad de darle gusto a papá y de imitarlo en tan piadoso acto.  Tal vez nunca llegaré a cargar el Honor Entrada de Viernes Santo porque ese es un privilegio que solamente se alcanza con una entrega total que mis ocupaciones no me permiten realizar, pero cuando veo a mi hijo, después de varios años, cargar ese turno, solo puedo pedirte, 0h Jesús, que si es tu voluntad, le permitas involucrarse en esta Hermandad para que algún día pueda llevarte en hombros, ya no en tu réplica, que dejará de cargar dentro de pocos años, sino en tu procesión mayor, que llena de solemnidad es ingresada en un marco de misticismo, de oración y duelo, y de absoluta entrega en la meditación de tu pasión y Muerte.  Ahora te quedas ahí, esperando a mi hijo el próximo año, para que nuevamente te lleve en hombros, cada vez más al centro del anda, cada vez llegando a los últimos brazos.

Protégelo Señor, y bríndale ese privilegio mientras le llega el momento de cargar en la Procesión Grande.

(26) ESTOY CRECIENDO

No podía creerlo.  Cuando fui a inscribirme me dijo el encargado, “Jovencito, usted pasa a la procesión grande.”  No dejé de sentir un poquito de miedo, pues era la primera vez que tenía que enfrentarme a algo que según yo, no estaba aún al alcance de mis posibilidades.  Desde luego, las procesiones infantiles fueron la etapa inicial de mi trayectoria por este mundo de tradiciones ancestrales, pero me dio cierta nostalgia saber que ya dejaba de ser un niño, que ya entraba a una etapa superior de mi vida, que ya era hora de tomar más responsabilidad de mis actos, y que ya me estaba convirtiendo en todo un hombre, pero sobre todo, en un hombre de fe. Así es Señor, hoy por primera vez tomo en mis manos la pesada orquilla y coloco mi hombro en el “brazo” que me corresponde para llevarte al igual que muchos mayores, por el camino de la fe, del perdón, de la esperanza, de la penitencia, de la tradición contigo…  Hoy por primera vez siento el verdadero peso absoluto de la herencia que me dejó mi padre o mi abuelo o mi padrino o mi tío o aquel amigo que deseaba que yo fuera parte de los cortejos.  Señor, permíteme ahora que he crecido físicamente, también que mi crecimiento sea espiritual, que no solo sea mayor en estatura sino mayor en fe, en devoción, en ejemplo de cristianismo para con mis hermanos.

Soy joven pero se que tú me has de guiar por los caminos de la sabiduría, así como has guiado mis pasos hacia los salones de inscripción para que tenga el privilegio de acompañarte con mi turno en los sagrados cortejos que rememoran tu pasión y muerte.  No permitas Señor que solamente muera contigo un Viernes Santo, permíteme además resucitar contigo el resto de mi vida. Haz que esta época no sea solamente para reflexionar sobre mi futuro y sobre mi conducta,  sino que el peso del anda me ayude a sentir también con cansada dulzura el peso de la vida, de la responsabilidad, de la honradez, del amor a mi familia y sobre todo el amor hacia Ti.

Yo sé Señor, que Tú guiarás mis pasos hacia tu resurrección.

(27) ESTA A TU LADO


Jesús, nuestro padre celestial me envió un hijo, una criaturita que tenía una misión que cumplir, un sendero que caminar… lo tuve en mis brazos, tiernito, mínimo, pequeñito, silencioso, desnudito…  No vino para vivir, vino para hacerme ver mi debilidad ante tu gran poder, para ver mi sumisión ante tu voluntad, para ver en él, un poco de ese gran martirio que Tú padeciste aquel Viernes Santo… En pocos días regresó al cielo convertido en un angelito de esos que se van con el alma limpia como la nieve, cristalina como el agua pura, iluminado por el espíritu Santo gracias a la luz del bautismo, y rodeado por querubines que le acompañaron en su larga agonía…

Sé muy bien, Jesús, que él es un angelito que te acompaña, y estoy seguro también de que hoy, cuando tome mi turno para llevarte en mis hombros, ese angelito irá prendido de mis brazos, secando mis lágrimas,  transportando hacia Ti mis oraciones, suavizando el dolor de mi corazón herido, acompañándome como se lo prometí cuando te pedía que le permitieras vivir, cuando aún tenía esperanzas de que lo dejarías conmigo y le concederías el gozo de ser un devoto más tuyo, cuando tenía fe en que le vería andar de mi mano, acompañándote…

Y aún,  cuando viendo su agonía te pedí que se hiciera tu voluntad, y que le aliviaras aquel calvario indescriptible que estaba padeciendo,  aquella triste similitud que durante diecisiete días me hizo recordar las doce horas de tu martirio.

Hoy sé que él me acompaña, que va de mi mano cuando te llevo en mis hombros, que goza por la vida celestial que le has concedido, que convierte mis lágrimas de tristeza en manantiales de consuelo, y sé que un día, cuando yo tenga que ir a tu presencia celestial, él estará esperándome para acompañarme, como lo hace hoy, cuando llevo tu peso.

Él está a mi lado, permanece a lado de sus hermanitos, pero por sobre todo, revestido de la blanca pureza que brinda el Espíritu Santo, está a tu lado…

(28) EL ÚLTIMO ESFUERZO.


Señor,  hoy es la última vez que te llevo en mis hombros. Han pasado los años, muchos años que  sentido el peso del anda que me doblega.  Hoy  vengo de la mano fuerte de mi hijo, que me sostiene en mi último esfuerzo.

Ya no tengo energías.  Mi salud está doblegada, mi cuerpo se ha inclinado para hacer reverencia a la tierra que ha soportado mis pasos.  El esfuerzo de este año por venir a acompañarte, ha sido extraordinario.

En este turno, recuerdo la primera vez que te cargué, cuando la inscripción costaba apenas unos centavos, cuando compraba mi cartulina sin esfuerzos, sin aglomeraciones, cuando los pasos silenciosos se oían como una oración, cuando todos calladamente meditábamos sobre el misterio de tu pasión y muerte.  Cuando te llevábamos en pequeñas andas y tu imagen era lo único que portaba el sacro mueble.

Hoy con lágrimas de nostalgia, de tristeza, de dolor, de angustia, de pesar, te digo adiós por última vez. Ya no renuevo mi promesa de acompañarte el próximo año y cargar en tu santa procesión.  Ya no puedo.

Ya di todo lo que Tú me permitiste y se que ya no puedo más.  Mis pasos ya se deslizan con dificultad y lo único que puedo presentarte con la misma energía de tantos años, es mi oración.  Oro para darte las gracias por los muchos años que me permitiste cargar y oro porque el próximo año me permitas acompañarte desde las filas, junto a mis hijos, a los herederos de esta fe imperecedera que me concediste transmitirles. Ya no puedo más.  Con gran esfuerzo llego al final de la cuadra, mis lágrimas se convierten en una alfombra a lo largo de todos mis pasos, en una última ofrenda de devoción, mis lágrimas y mis últimas fuerzas se agotaron como se agotaron las tuyas al final de la vía sacra.  Solo me queda esperar, esperar que el próximo año me permitas acompañarte, o que me dejes verte desde lejos y te diga un silencioso adiós.

Gracias Jesús, hoy he sentido por última vez, el peso de tu cruz.


(29) QUE BELLA CRUZ

Como una gran bendición, veo cómo eres llevada, Oh, Consagrada Imagen Nazarena, al anda que te portará en la procesión que tus fieles esperan ansiosos.  También veo la majestuosidad de la cruz que está siendo colocada sobre tu hombro.  Es una cruz hermosa, laminada en oro, con aplicaciones de plata y fina pedrería, sujeta a una base delicadamente colocada para que no te lastimes.

¡Que cruz!  ¡Que liviana! ¡Que hermosa…! No es como la cruz que llevaste aquel día hacia el calvario.  No es la rústica madera, pesada, manchada en sangre.  Y pienso en la gran diferencia entre aquella y la que ahora te es colocada con delicadeza y oraciones, sin insultos ni golpes.

El madero que aquella vez llevaste era tosco, áspero, martirizaba tus hombros, doblegaba tus rodillas, su peso hacía que las piedras hirieran las plantas de tus pies; es más, te hizo caer tres veces.  Sin embargo llegaste con él hasta donde se escribiría la página más importante de la historia de la humanidad, porque no podíamos esperar nada menos de quien tenía la misión de redimir al mundo.

Tu cruz no tenía adornos de oro ni de plata, tenía sangre.  No tenía delicados soportes que evitaban el contacto, tenía clavos.  No tenía esmeraldas ni rubíes, tenía una sentencia.  ¿Cómo pudiste soportar todo ese martirio?

Para Ti, Oh Jesús, no había nada menos complicado que padecer aquel suplicio, porque tu cruz no solo llevaba el peso de nuestros pecados sino también el arrepentimiento futuro de nuestro corazón.  Tú sabías Jesús, que estaba por germinar la semilla que sembrabas en el calvario.

Igual que aquella primera vez, hoy recibes con inmensa alegría esta bella cruz, porque sabes muy bien que después de dos mil años, la semilla ha germinado.  Cuántas almas has conmovido, cuánto arrepentimiento has logrado, cuánta fe has renovado.

Estás listo para salir a las calles.  Nosotros ahora seremos sirineos que al cargar el anda, podremos meditar por unos minutos sobre el peso que llevaste aquella vez, y te veremos llevar con gozo esta nueva cruz, porque la has convertido en un símbolo de redención, en un camino para llegar a nuestro Padre Celestial.

No cambies tu cruz, Señor, que hoy nos corresponde a  nosotros llevar el peso de nuestros pecados.

(30) ESTE AÑO NO…

Así es Señor.  Este año no podré cumplir con la promesa que te hice hace muchísimos años, desde que era un niño.  No podré cargar en la Procesión del Día Santo.  No es falta de voluntad, y Tú lo sabes muy bien. Es que no puedo Señor.  Mi condición económica no me permite ir de nuevo a tu lado para esperar en la esquina de siempre, que Tú llegues a mi lado y me digas, “toma tu cruz y acompáñame”.

No es una queja.  Tú sabes que es lo que más deseo, pero las condiciones económicas actuales ya no me permiten llegar hasta el nuevo precio del Turno.  Es cierto que todo está más caro, que los adornos cuestan más, que los músicos cobran más por sus honorarios, que la imprenta consume muchos más costos, que aquí… que allá… y no es que me queje.

Tú sabes muy bien que he hecho mi mayor esfuerzo por estar a tu lado, pero mis gastos son mayores pero el aumento de mis ingresos no alcanza el mismo nivel.  Por eso Señor, a pesar de que hice todo lo posible por reunir la limosna, no puedo llegar al precio.

Te acompañaré como siempre, caminaré a tu lado, iré de la mano de mis hijos, pero sin mi Turno.  Me conformaré este año con ir a la par tuya, pidiéndote de lejos que escuches mis súplicas y agradeciéndote lo que me has brindado.  Tal vez tenga la suerte de que alguien me diga, “falta uno, cargue usted”, lo cual ya sería una gran bendición de tu parte, pero de no ser así, el solo hecho de estar cerca de Ti, ya será para mi un consuelo y una bendición. No es mi deseo Señor, reprochar mi situación, Tú sabes por qué esta vez no has permitido tenga el privilegio de llevarte en mis hombros, pero tengo fe de que tu bendición me alcance el próximo año y entonces estaremos de nuevo juntos, en la cuadra de siempre, en emotivo diálogo y con mayor fe y alegría de ese reencuentro.

Y cuando mis hijos me pregunten ¿Dónde cargas, papito?,  les responderé: “en todo el recorrido, mis niños, este año cargaré con el corazón”.

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