Marcomonzon's Blog

PROSAS CUARESMALES, PARTE I

  • 1. Una nueva Cuaresma
  • 2. La contraseña
  • 3. Mi primera túnica
  • 4. ¿por qué cargo?
  • 5. Dulce encuentro
  • 6. Me vio a los ojos
  • 7. Hace falta un cucurucho
  • 8. El brazo vacío
  • 9. El otro turno
  • 10. Pequeño acompañante

 

PRESENTACIÓN.

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LA CUARESMA DE MI GUATEMALA

Al escribir estas cuarenta prosas motivadas en la inigualable cuaresma guatemalteca, he tomado en cuenta diversas anécdotas y vivencias tanto personales como referidas de cosas que cotidianamente pasan en las colas, en las filas, en las iglesias y en las procesiones de esta bellísima Guatemala, tierra que ha generado quizá una de las más bellas y fervorosas tradiciones que rememoran la Sagrada Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

En cada una de estas lecturas he puesto mi alma, mi amistad hacia aquellas personas que algo han vivido de lo que he relatado, un poquito de imaginación, algo de romanticismo si vale el término, y sobre todo una infinidad de amor a Dios y a Jesucristo, y el deseo porque estas prosas puedan llevar un contenido que inspiren y motiven a nuestros cucuruchos a reflexionar en el por qué de nuestra cuaresma, el por qué de nuestras manifestaciones externas de fe, el por qué de nuestro anual revestirnos con una túnica que no nos disfraza sino nos identifica como seguidores de Cristo.

El contenido de estas páginas no ha surgido en un momento; han sido recuerdos de muchos años, vivencias que han transcurrido a lo largo de mis repetidos recorridos en los diversos cortejos de Cuaresma y Semana Santa, conversaciones que se han llevado a cabo con amigos, con desconocidos, pláticas escuchadas en una esquina, en la tienda, recopilaciones sencillas de una época sin igual, llena de espiritualidad para unos, de tradición para otros, pero de fe para todos.

MARCO TULIO MONZON

 

(1) UNA NUEVA CUARESMA

Se llenan nuevamente de emoción los corazones de todos los cristianos católicos que creemos que la Cuaresma y la Semana Santa son épocas de reflexión, en las cuales otra vez nos encontramos en las calles con el Nazareno a quien tanta fe le tenemos. Acudimos a la iglesia a recibir la señal de la ceniza que nos recuerda que “polvo somos y al polvo volveremos”. Nos preparamos para proclamar públicamente nuestra fe en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Pero sobre todo, en la resurrección, en la pascua que es la conclusión de esta época a la cual debemos llegar todos con alegría, después de haber recordado la pasión del hombre de Galilea que se entregó a la muerte para que tuviéramos vida… y eterna.
Época de cuaresma… de reflexión para que nosotros, cucuruchos de corazón por tradición pero sobre todo por fe, nuevamente nos propongamos seguir el camino de Cristo. Esta vez Señor, permite que hagamos el propósito de seguir tu senda y no abandonarte como siempre lo hacemos confiados en que nos llegará tu perdón y el de Dios Padre. Ahora no sólo es un deseo. Es una seria reflexión para que en verdad muramos contigo el Viernes Santo, pero resucitemos también en la Pascua de la vida eterna. Y solo Tú Señor, puedes ayudarnos.
Ayúdanos, Padre, para que vivamos plenamente esta época, para que seamos conscientes de que Tú nos llamas de nuevo hacia tu rebaño, diseminado por malignos pastos. Ayúdanos para que atendamos el llamado de tu Hijo, que desde su sangre derramada nos grita que somos también hijos tuyos y que Él, nuestro hermano mayor, quiere que estemos un día, juntos en tu gloria.
No permitas que ésta sea una cuaresma más, una oportunidad para exhibir una falsa fe, sino un verdadero acercamiento espiritual hacia Ti, del cual no nos separemos nunca. Solo Tú eres nuestra luz, nuestra guía, nuestro camino, Señor. Permite que esta cuaresma sea la esperada oportunidad para reencontrarnos por siempre.

(2) LA CONTRASEÑA

(Cuaresma de 1988)

Es el primer domingo de cuaresma, día que se convierte en una agitación de gentes por todas partes. Las iglesias tradicionales se han transformado en verdaderos hormigueros.
Ha llegado el momento esperado por la gran cantidad de cucuruchos para inscribirse en la procesión de Semana Santa, en la procesión grande. De volver a saludar a aquellos compañeros de años que han estado junto a nosotros en las filas de la penitencia, o en el mismo turno.
Después de muchas horas de estar caminando lentamente, llego a la mesa de inscripción, doy mi nombre, pago mi cuota y termino con mi angustia de no alcanzar turno, mi temor de quedarme sin poder cargar. Pero ahora ya tengo en mis manos la contraseña que me permite el privilegio de participar en la procesión del Nazareno.
¿Y ahora qué? ¿Salir corriendo hacia la otra parroquia para hacer otra larga cola más? No. Antes debo de hacer algo mucho más importante. La Iglesia está abierta. Sus puertas se despliegan para recibir a sus fieles, y es mi deber ir a los pies de Jesús para agradecerle la oportunidad que me ha dado este año de acompañarle en su procesión del día santo.
Cada año es más difícil inscribirse, por ello es mucho más necesario que vaya a agradecerle a Dios porque me ha permitido tener la seguridad de poder llevar a su hijo en mis hombros, si antes de esa fecha Él no dispone otra cosa.
Ahora sí, después de una oración, corro hacia la otra iglesia, hago cola, llego a la mesa, siento de nuevo la misma emoción y voy a los pies de la querida imagen y lo repetiré las veces que sea necesario.
“Gracias Jesús, porque otro año más estaré cerca de Ti en mi ansiado turno, porque nos reencontraremos en alguna cuadra para conversar íntimamente unos minutos mientras siento cómo pones en mis hombros el peso de tu cruz y reanimas mi alma a través de esta dulce comunión.”

 

(3) MI PRIMERA TUNICA

Al fin he salido del taller de la modista, con una bolsa bajo el brazo. En ella llevo un tesoro, algo que me identificará como un devoto cucurucho más de los tradicionales cortejos.
Por fin, por primera vez, llevaré en mis hombros la procesión, y vestiré por primera vez también, el traje que representa el humilde sayal que Cristo vistió en aquella época.
No es un simple traje, no es sólo la túnica morada o negra, no es únicamente revestirse para asistir a cargar un turno o acompañar al Señor. No es solo eso.
Es algo más que cubre mi cuerpo con el traje de la humildad, con el morado de la penitencia o con el negro del luto por la muerte del redentor de los hombres.
Me vestiré de sencillez, me vestiré de Cristo pero no solo para el cortejo, no solo estos días, no solo por unas horas en que iré a su lado.
Déjame Señor, caminar por la vida, revestido de Ti diariamente, aún después de este cortejo, hasta verte nuevamente el próximo año en que nos volveremos a juntar en la calle durante mi turno.
Permíteme Señor que mantenga invisible este traje que hoy estoy usando como signo de fe, y que cada vez que me acerque a una tentación, él me sirva como escudo protector que me aleje del peligro de ofenderte.
Hoy uso mi túnica por primera vez y quiero pedirte Señor, que me concedas mantenerla limpia, pura e impecable hasta el momento en que llegue a tu presencia divina.
No dejes Señor que un día mi alma pierda el derecho a portar con dignidad la ropa que me has permitido usar como señal de mi devoción hacia tu sagrada pasión y muerte.
Deja Señor, que esta primera prenda marque para siempre mi fe en Ti, y que al guardarla no haga lo mismo también con mis creencias y mis convicciones, sino que siga unido a esta maravillosa comunión contigo.
Haz que cada día me revista para acompañarte, como esta primera vez que caminaremos por las calles de la penitencia.

(4) ¿POR QUE CARGO?

Alguna vez me hice esta pregunta, y aún no le he encontrado una respuesta adecuada. ¿Es un acto de fe? ¿Es una tradición? ¿Es solo la costumbre y el deseo de no cortar una secuencia de años? ¿Es por sentir el dulce peso del madero? ¿Es porque creo que así puedo limpiar mi alma de los pecados cometidos? ¿Es simple exhibicionismo?
Cuántos motivos puedo tener para justificar mi presencia en una cuadra y llevar en mis hombros el anda de Jesús. Pero hay una razón muy poderosa que me mueve a hacerlo. Con este acto, no estoy limpiando mis pecados. Ni siquiera es una obligación litúrgica que me haga más, o menos religioso. Es un simple deseo de estar un poquito más cerca de Jesús. Es la búsqueda de una comunión con Cristo, a través de la oración profunda, meditada y auténtica.
Cuando te llevo en mis hombros, 0h, Jesús, siento sobre mí, todo el inmerecido peso de tu amor, caen de mi frente muchas veces, gotas de sudor que son como agua bendita que limpia mis malos pensamientos, siento que el esfuerzo que hago para soportar la pesada anda, y llegar hasta la esquina, compensa en alguna forma, el peso de la cruz que Tú llevaste un día para redimirnos del pecado y salvarnos de la muerte.
Por eso busco la oportunidad de tomar tu cruz por unos instantes y gozar de la inmensa alegría de sentirte junto a mí. Si Tú has aliviado mi alma, si me has ayudado con el peso de mis penas, si has tomado sobre tus hombros mi cansancio, mis fracasos, mis frustraciones, mis angustias, ¿por qué yo no he de llevar en mis hombros tu pena y tu dolor de ver a tu rebaño que se desvía de los verdes pastos en donde Tú los dejaste? Me gusta cargar para pedirte una bendición y una gracia para mí y también para mis padres, para mis hijos, para mis amigos lejanos y cercanos, para los que pueden decidir el destino de la humanidad y para los que tienen necesidad de Ti pero que no te buscan por orgullo.
Y mientras me des fuerzas, Señor, seguiré cargando, aunque no sea esta la respuesta exacta.

(5) DULCE ENCUENTRO

Jesús, estoy nuevamente a tus pies, arrodillado a unos escasos metros del anda que porta tu Santa Imagen, mientras Tú te aproximas a mí, cansado, rendido, doblegado por el peso de esa cruz que yo mismo te he puesto, pero que en este momento, representada simbólicamente por el madero que yo llevaré en mis hombros, tomaré para sentir el peso del dolor que aquel día, hace casi dos mil años, Tú padeciste.
Me pongo de pie, y con un silencioso Padre Nuestro coloco tu anda en mi hombro. No pienso en ese momento, más que en pedirte, pedir tu bendición para que con ella sobre mí, pueda tener lo necesario para poder sobrevivir en esta moderna Sodoma, en la que estamos rodeados por miles de tentaciones y de peligros. Te pido por mi patria, por mi trabajo, por mi familia, por mis hijos; por los pobres, los necesitados, los prisioneros y los enfermos, pues todos somos parte de tu iglesia. Aún aquellos que han sido víctimas de la indiferencia y se han alejado de la senda de vida que Tú nos has marcado con tu pasión, están en mis peticiones.
Oigo de pronto que esta meditación es rota por los dulces y sentidos acordes de la marcha que vuelan libres por el viento para hacer más sublime este momento, y nuestro paso tenga un compás más espiritual, más místico…
Se acerca ya el final de mi cuadra, el tiempo ha sido tan breve pero tan extenso a la vez, y en un Adiós sincero, como el que se da a un verdadero amigo, te digo “gracias Jesús por estos minutos, por permitirme ayudarte con tu cruz, por haberme escuchado”.
Finalmente te pido que me permitas encontrarte nuevamente en mi camino el próximo año. Y con lágrimas de pecador, pido a Dios que en ese futuro me haga digno de acercarme a Ti, para renovarte mis peticiones.
Deja, Jesús, que te encuentre el próximo año, con mi alma limpia y con mi conciencia tranquila, para poder tomar con confianza mi ansiado turno.

(6) ME VIO A LOS OJOS

(A Jesús de la Merced, Antigua Guatemala)

Aquí estoy Señor, una vez más en las filas, esperando verte recorrer las calles de la penitencia. Ya te acercas con paso lento y cansado, en hombros de innumerables cargadores que te traen hacia mí, para cumplir la penitencia que te he ofrecido. Llegas y veo otra vez tu rostro ensangrentado, golpeado, lacerado y sudoroso.
Pero algo más sucede, algo milagroso que no había pasado antes, y que hoy experimento por primera y única vez. Tus ojos me ven. Si Señor, tu mirada triste y doliente se encuentra con la mía. Es una mirada dulce, sublime, angustiada, pero que llega profundamente desde tus ojos, hasta mi corazón. No sé si es una mirada de perdón o de súplica; en mi insignificante entendimiento de los designios de Dios no comprendo qué me quieres decir ahora que se han encontrado nuestros ojos, pero si sé que es como un rayo, como una centella, como un sol que atraviesa mis retinas y mi alma.
Aunque trato, no puedo controlarme y bajo la vista. Tú estás quieto ante mí, tus pasos se detuvieron por un momento y sin embargo no pude sostener la fuerza de esa mirada profunda y apacible. Reacciono y te vuelvo a ver, pero tus ojos ya no están en mí, se han perdido de mi vista, se dirigen a otro punto, a pesar de que ni Tú ni yo nos hemos movido.
He buscado nuevamente infinidad de veces, tu mirada. Me acerco a Ti desde diferentes ángulos, pero jamás he podido encontrar de nuevo tu vista. No he podido repetir aquella milagrosa experiencia. No sé si fue una advertencia, un perdón o un llamado, pero aquel fue el momento más sublime de mi vida.
Así como viste a las mujeres en tu camino al gólgota, así creo que me viste ese día, oh, Jesús, y así te pido que alguna vez, me permitas volver a encontrar la luz de tus ojos, que me ven con la profunda piedad de Dios.
Y ese día, Jesús, permíteme estar preparado para verte con mi alma limpia y transparente para que no aparte mis ojos de los tuyos.

(7) FALTA UN CUCURUCHO

(En memoria de José Antonio Aroche)

Desde hace varios años hace falta un cucurucho en las filas de las diferentes procesiones de Semana Santa. Era mi amigo y durante muchos años lo vi hacer algo con lo que él gozaba en todos los cortejos; incensariar. Siempre lo miraba con su canasta llena de carbón y el recipiente que echaba bocanadas de humo aromático, como una ofrenda al Nazareno o al Sepultado a quien acompañaba durante el recorrido de la procesión.
Solo dejaba su tarea, suspendía su penitencia, cambiaba el incensario por una orquilla en la cuadra donde esperaba su turno para llevar en hombros a la venerada Imagen. Sin duda Dios escuchaba sus oraciones porque iban acompañadas de la mística fe del auténtico devoto, del fiel cucurucho, del ejemplo de penitencia. Su vida religiosa lo guió para participar en varias asociaciones de pasión, en las cuales hizo una labor notable y ejemplar.
Sin embargo, por causa de su trabajo, por razón de la justicia a la que servía, un día apareció vilmente asesinado en la comunidad donde laboraba. Tenía en sus manos la responsabilidad de impartir justicia, pero alguien inconforme, un desalmado irrespetuoso de la ley de Dios decidió tomar venganza por el justo castigo que había recibido, y sencillamente lo mató con las balas del odio, de la cobardía, de la falta de temor a Dios, y cegó una vida útil, y fervorosa.
En las procesiones de los últimos años, ha hecho falta el incensario de mi amigo, ha hecho falta el humo aromático que se elevaba como humilde y sublime ofrenda a Jesús. Solo me queda recordarlo, cuando veo las filas de naveteros, cuando veo las bocanadas de humo que se elevan aromatizando las calles de la penitencia, cuando recuerdo su fe y su devoción. Lo recuerdo y le digo al Santísimo:
“Jesús, en una plegaria elevada por el alma de mi amigo, verás el humo que hoy, materialmente hace falta en las filas. Él murió por causa de la justicia de los hombres, pero vive por razón de la justicia de Dios.”

(8) EL BRAZO VACIO

Me quedé un momento esperando que el Nazareno me alcanzara para poder ir a la par de Él. Esperé a que el “brazo” que iba vacío quedara justo frente a mi.
Era necesario dejarlo así, como un último ofrecimiento póstumo por aquel devoto cargador que este año ya no pudo estar en el anda, compartiendo aquel peso que con esfuerzo pero con placer espiritual, se lleva durante unos cuantos minutos.
El ha muerto, ha sido llamado a la presencia del Señor, ha dejado este mundo para estar más cerca de Jesús. Sin duda, como todos nosotros, cayó en la tentación del pecado, pero también la fe que Dios nos ha sembrado en el alma, le hizo arrepentirse de ellos, y la infinita misericordia divina le ha permitido llegar a la mansión Celestial, y desde ahí, observa su brazo vacío.
Puede ser aquel amigo, aquel padre, hermano, hijo, el ser querido que ha muerto, pero que había reservado su turno para la procesión tradicional. Quizá por aquellos azares del destino fue llamado antes de que pudiera cumplir con la promesa hecha a Jesús. Pero eso no impide que quede el brazo vacío, que alguien coloque en él, un moño luctuoso y la última cartulina de esta persona que hoy está ausente en el anda.
De seguro en el cielo, otra procesión espiritual más solemne, la de ir de la mano con los ángeles para adorar a Dios, se esté realizando, y ahí va él mientras mira cómo su brazo sigue vacío hasta la esquina, en donde abandonará metafísicamente la compañía de aquellos cucuruchos que terrenalmente compartieron este último turno.
Es la póstuma ofrenda hacia un Cristo Imagen, al cual veneró en la tierra; ahora tendrá la oportunidad de adorar al verdadero Cristo en el cielo mientras pide a Dios resignación para sus seres queridos.
Señor, guarda su alma y cúbrela con la protección divina de tu compañía y la de tus ángeles.

(9) EL OTRO TURNO

Después de caminar varias cuadras acompañando la procesión, un inspector me llama. “Señor, por favor colóquese acá y nos ayuda”…
Inesperadamente alguien faltó a su turno y soy llamado a cubrir su ausencia. Pero no es tan solo una suerte, es una oportunidad de repetir el acto del Cirineo, no con Cristo, sino con uno de mis hermanos. “Lo que a ellos les hagáis, a mí me lo harás”…
Recibo con renovada emoción, el anda en mis hombros, y después de meditar un Padre Nuestro, le pido a Jesús que antes que todo, escuche la oración de aquel cucurucho que por cualquier razón, por esta vez no pudo estar puntual a la cita con Él.
Quizá una enfermedad, el trabajo o compromisos ineludibles de última hora lo alejaron del punto en que debía estar esperando a Jesús. Imposible que haya sido negligencia, pues al igual que yo, estoy seguro que hizo largas colas para adquirir su turno. Pero ahí me has puesto, Jesús, para ayudarte y para ayudarlo, para ser el moderno Cirineo que carga con el peso de otro.
Y Tú me iluminas también Jesús, para que no sea egoísta y piense solo en mí sino para que piense en aquella persona que en este momento está lejos de Ti, pero que en sus pensamientos y en su corazón está sintiendo con tristeza y nostalgia, el peso del anda en sus hombros y está haciéndote una oración que pese a la distancia y a su ausencia, está seguro, como el centurión, que Tú escucharás.
Paso a paso, voy llegando a la esquina y aprovecho aquel momento para pedirte también un poquito más por mi… para renovar mis oraciones y para darte las gracias por esta doble oportunidad que me das de estar nuevamente a tus pies y de llevarte en mis hombros…
“Jesús… gracias por hacerme intermediario entre mi prójimo y Tú…”

(10) PEQUEÑO ACOMPAÑANTE

(Cuaresma de 1990. A mi primogénito.)
Dios me permitió el privilegio de ser padre y de cuidar de una de sus criaturas a quien puedo llamar “mi hijo”.
Es tierno, un manojito de llanto apenas, unas cuantas libras que caben en mis dos brazos sin ocupar espacio casi, es la inocencia que echa chispas de curiosidad a través de sus ojitos que te ven sin entender qué sucede a su alrededor.
Y aquí te lo traigo. A Ti te lo ofrezco, a Ti te lo presento, a Ti te lo dedico. Quizá dormirá entre mis brazos, posiblemente llorará, tal vez irá muy despierto descubriendo lo que suceda a su alrededor, pero en mi turno me acompaña y te acompaña, y su espíritu está recibiendo un místico baño de bendiciones que Tú le prodigas abundantemente.
Tu dijiste “Dejad que los niños vengan a mí…” y el viene a Ti, prendidito de mis brazos…
Veo a varios niños que también acompañan a sus padres en su respectivo turno, algunos que van en sus brazos, otros caminando agarrados de la mano, y algunos más bajo el anda, como buscando la sombra protectora y bendita de tu imagen… y pienso que el que a buen madero se arrima, bendita sombra le cobija, porque Tú eres la sombra que los protegerá de todo mal…
Tú eres la luz que lo ha de iluminar, y ese momento en que me acompaña mientras te llevo en mis hombros, quedará grabado en él, como un bautismo de fe, una señal que lo marcará para siempre como auténtico cristiano…
Señor, bendice a mi hijo, y permíteme enseñarle correctamente el camino que lo ha de llevar hacia Ti. Permítele crecer en fe, y envíale los dones del Espíritu Santo.
El crecerá físicamente y el próximo año ya no lo llevaré en mis brazos, pronto caminará a mi lado, después te llevará en sus hombros, algún día transmitirá a sus hijos esta herencia, pero siempre te llevará en su corazón.
Permíteme Señor, guardar el recuerdo de este grato momento, siempre en mi alma.

2 comentarios »

  1. Querido Primo: Dejame felicitarte nuevamente, me gusto mucho tu reseña, realmente veo en ella tu fe y devocion a Cristo, y tu profundo respeto por su sufrimiento. Me gusto mucho tambien la de El Pequeño acompañante, siempre he admirado a los papas que llevan a sus bebes en la procesion porque es un doble esfuerzo, adelante que vale la pena seguir desarrollando tu talento de escritor y que Dios bendiga tu trabajo. patty

    Comentario por patty monzon — 27/03/2010 @ 02:37 | Responder

  2. Hola maestro,que bellas vivencias a tenido en su vida y aunque el Nazareno Mercedario, pareciere que no le ve otra vez, tenga por seguro que èl siempre encuenta su mirada con usted, cada dìa cuando usted le recuerda, pues ese momento es para el alma eterno,
    Siga escribiendo, pues es bello saber que hay a quien le gusta abrir el alma para que otros abran la sulla. Bendiciones Helen.

    Comentario por Helen Coronado — 14/03/2012 @ 20:33 | Responder


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