Marcomonzon's Blog

PROSAS CUARESMALES, PARTE II

    • 11. No estuve a tiempo
    • 12. Demasiado peso
    • 13. La marcha
    • 14. El coro del amor
    • 15. Lágrimas
    • 16. Sin turno.
    • 17. Luz del alma.
    • 18. Te veo pasar
    • 19. La alfombra.
    • 20. El músico.

      LA CUARESMA DE MI GUATEMALA

      PARTE II

      (11)  NO ESTUVE A TIEMPO

      Es la hora en punto.  La hora exacta en que debía estar en el lugar de reunión con mi Cristo Nazareno.  El ha llegado a la esquina, está esperándome, ansía que yo esté ahí, me busca, sus brazos abiertos están prestos a estrecharme, y yo no estoy…

      Algo me ha impedido estar puntual a la cita, es una situación fortuita e insalvable que me ha dejado con el alma vacía al no poder estar con mi Cristo para llevarle en mis hombros, para ayudarle a cargar su cruz, para sentir el peso del madero que representa mis culpas. No estoy en el lugar preciso, estoy muy lejos y me es imposible llegar a esa esquina y cumplir con mi misión.

      Ya no podré ver este año a Jesús, no podré ver su anda imponente, su artística alegoría, su mensaje espiritual.  Estoy triste, no puedo sentir otra cosa pues se me ha escapado este año, la oportunidad de tenerlo más cerca de mi, y ya no valen excusas, por justas que sean, no son más que eso, y ellas no harán que recupere mi turno, que Cristo regrese a la esquina en la que me esperaba.

      El tiene muchas más personas que han hecho el compromiso de encontrarlo este año en mi turno, y lo único que puedo hacer es quedarme un momento en soledad, y desde aquí rezarle, pedirle que escuche las peticiones que no le pude hacer a sus pies, darle las gracias por las bendiciones que me ha prodigado, a través de una callada oración que estoy seguro que escuchará, entre tantas que de cada cargador le llegaron en lo que era “mi cuadra”

      Tendré que esperar trescientos sesenta y cinco días más para sentir el peso de tu cruz, tendré que llenarme de resignación y decirte desde l distancia… “Primero Dios, el  otro año, Jesús…  Ayúdame Señor, para que el próximo año si nos encontremos”.

      (12) DEMASIADO PESO

      Estaba emocionado, Señor. Como en años anteriores esperaba impaciente en la esquina, el momento de llevarte en mis hombros.  De rodillas, a la señal de la matraca, incliné mi frente y recé para recibir tu bendición.  Ya imaginaba el dulce peso que nos obligaría a hacer ese esfuerzo especial.  Por fin sonó el timbre y  recibí el anda, que casi vencida, se sostenía apenas por las orquillas que servían de apoyo.  Levantamos el mueble y nos acomodamos apenas cuando algo sucedió; la fuerza de gravedad era más poderosa que nuestra devoción.

      Jesús pesaba mucho más de lo que nuestras energías pudieran soportar.  Se perdió el compás del paso lento, y se empezaron a escuchar voces fuertes que llamaban a levantar, a la señal de ¡uno, dos, tres¡¡¡  Ni siquiera la marcha nos hizo retomar el paso, es más, apenas si la pudimos escuchar.

      No pude rezar Señor, como debía.  No pude concentrarme para llevarte en mis hombros como otras veces lo había hecho. Esta vez, todos nos esforzábamos por llevarte hasta la esquina sin dejarte caer al suelo.  Casi perdíamos el control pero una fuerza sobrenatural nos sostuvo hasta el final del turno y pudimos entregar sudorosos y extenuados, aquella pesada carga que ese año nos habías encomendado.

      Quizá era  la forma que Tú querías que hiciéramos nuestro esfuerzo este año, porque quienes prepararon el anda, no creemos que hubieran querido exponerte ni exponernos a algún accidente. Pero sea cual fuera  la causa, no pude realizar mi ofrenda de este año como era debido y me sentí triste porque mi turno fue un desorden, una angustia, una pena interminable por no dejarte caer.  Solo nuestra fe nos hizo cumplir con esa penitencia hasta el final de la cuadra.

      ¿O será Señor, que las culpas de la humanidad son tantas que decidiste que nosotros mismos sintiéramos lo que pesan?

      (13) LA MARCHA

      Muchas veces necesitamos aferrarnos a algo para no olvidar cómo Dios se manifiesta en nuestra vida. En esta particular época de Semana Santa siempre tenemos algún ofrecimiento especial que darle al Señor, un motivo para refugiarnos en Él por las penas que más nos han aquejado, una razón para justificar nuestras penitencias de estos días sagrados.

      La música sacra de la época se convierte en un motivo de comunicación con Él.

      Quién no se ha grabado en la mente las notas de alguna marcha que por su sublime armonía nos transporta a una dimensión lejana de melancolías… Quién no tararea aún en épocas posteriores, los compases de aquella  que le trae a la mente alguna pena.   Conocemos los títulos de estas obras de arte, pero no sabemos el significado del mismo o la motivación que tuvo el autor para darle dicho nombre, y simplemente las adaptamos a nuestro personal vivir.

      Así por ejemplo, una “Cruz Pesada” se convierte en el recuerdo de una pena que sufrimos.  “Mater Dolorosa” puede representar la imagen de la madre que agonizó con gran sufrimiento, después de una larga enfermedad.  “Tinieblas” se convierte en el sepulcro escondido, oscuro y solitario en el que descansa el familiar a quien tanto se amó.

      Jesucristo, gracias a la inspiración que has puesto en los  autores de tantas marchas, en un momento podemos traer a nuestra mente los dolorosos momentos que hemos vivido y esto nos fortalece muchas veces para que nuestra penitencia al llevarte en hombros, nuestra oración al sentirte tan cerca, sea más sincera, más agradecida, más meditada.

      Señor,  yo sé que Tú me escuchas, que Tú, desde el trono celestial, oyes mis lamentos, reconfortas y consuelas mi corazón cada vez que escucho aquella marcha que me trae al recuerdo, el dolor que guardó mi alma y el duelo que aún llevo en mí, por el ser que quisiste que te acompañara antes que dejarlo sufrir en este valle de dolor.

      La marcha se convierte, Jesús, en una forma de comunicarme contigo.

      (14) EL CORO DEL AMOR

      Jesús se detiene en una calle cualquiera, donde un grupo de enfermos, de discapacitados lo esperan para darle su sencillo homenaje.  Ellos nunca podrán cargar al Señor, porque están en una silla de ruedas, están atados a unas muletas, están deformes de sus piernas o de sus brazos, o están limitados en sus  capacidades mentales.

      Pero están ahí, esperando el momento de poder rendirle su sencillo y humilde homenaje al Señor, a través de un canto.  Jesús está frente a ellos, y con una profunda emoción empiezan a entonar el “Perdón”, quizá desafinado, quizá sin ritmo, pero con el corazón en cada sílaba.  No podemos estar indiferentes ante este cuadro que se nos presenta.  No podemos dejar pasar esta oportunidad de unirnos a ese coro de voces que dejan salir toda la pureza y la inocencia de su alma.

      Ese es el cuadro que Jesús siempre buscó en nosotros.  Esa es la esperanza que tiene de que seamos como ellos, que tengamos la fe depositada en Él, como ellos la tienen, de que les consuele en su amargura y que les alivie las penas que cargan como una cruz que Él les ha dado, para que sean sus Sirineos caminando a su lado.  ¿Por qué nosotros no podemos también serlo en ese momento?

      Porque nos creemos sanos, porque tenemos limpio el cuerpo aunque tengamos el alma mucho más enferma…

      Señor, esta es la oportunidad que estábamos esperando, ese es el momento que quieres que aprovechemos para que por un instante nos sintamos como ellos, enfermos, impotentes, limitados, para que nos aferremos a tu túnica, a tus pies, a tu cruz, y te sigamos por el camino que Tú nos señalaste para llegar hasta la luz de Dios. Déjanos Señor, ser por un momento como ellos, y realiza en nosotros el milagro de levantarnos de nuestros males, de hacernos caminar hacia Tí, de volver a ver la luz de tu amor,  de enderezar nuestra alma gracias a tu generoso perdón.

      Seremos por un momento como ellos, para que Tú nos conviertas en lo que siempre has deseado que seamos.

      (15) LAGRIMAS

      Jesús pasa por esa cuadra tradicional y se detiene un momento como si supiera que ahí precisamente está aquella persona que tiene para Él, una confidencia.  Casi nadie se percata de lo que sucede en aquel lugar.

      Pero esa pausa en el lento caminar de Jesús, le ha dado la oportunidad de verle por un instante frente a él.   Y así como cuando el Rey de los Judíos después de entrar triunfalmente en Jerusalén, se detuvo ante los enfermos para curarlos,  ahora está mirándolo y dándole un poco de consuelo y escuchando sus plegarias.

      Nadie repara en aquel llanto escondido de esa persona que reza en silencio.  Nadie valoriza aquella oración que brota en cada lágrima como rocío para que el Divino Cristo refresque sus pies un momento del espinoso camino.

      Solo ellos saben cuanto dolor puede existir aquella alma.  Cuanta necesidad de consuelo que solo Él le puede dar. Cuántas situaciones diferentes podríamos imaginar de aquel que llora ante la imagen, confiando que le concederá la ayuda que tanto necesita.

      Jesús, así también deberían de rodar mis lágrimas a lo largo de tu camino, por mi dolor y por tu dolor.  Cada una de ellas debería de convertirse en pétalos suaves y perfumados que suavizaran tus pasos, y no las piedras y las espinas que yo dejo en cada acción indebida.

      Déjame ser por esta vez, como aquel que llora a tu paso.  Déjame caer a tus pies, lleno de arrepentimiento, y deja que sea yo el que sienta el peso de tu cruz, que al final de cuentas es mi cruz.   No permitas Señor que deje pasar esta oportunidad de verte frente a mi sin que mi alma se conmueva de mis culpas.  Señor, Tú sabes bien cuales son nuestros sufrimientos, los míos, los de mi prójimo, y sabes bien que con todas las lágrimas que se derraman a tu paso, podrías saciar la sed que te ha causado nuestro proceder necio y caprichoso.

      Tómalas Señor Jesús y devuélvenoslas convertidas en perdón y en esperanza.

      (16) SIN TURNO

      Voy en las filas, acompañando a Jesús en su acostumbrado recorrido anual. Llevo prendido al pecho, mi turno.  A la par mía camina un hombre de mirada triste pero serena, revestido con su túnica morada, por la cual se nota que han pasado los años dejando su huella indeleble; palidecida por el tiempo, desgastada del cuello y las mangas, paletina manchada con el color del anverso, guantes con pequeños agujeros, bandas deterioradas de las puntas…

      Ahí va él, acompañando a Jesús como tantas veces lo ha hecho.  Notorio es que no lleva su turno al pecho, por lo que me acerco y le pregunto: – Señor, ¿se le cayó su turno?  -No, -me responde- es que no tengo.

      Con la natural curiosidad empiezo a platicar con él y me cuenta que todos los años ha acompañado a Jesús como un simple cucurucho, sin turno, sin cargarlo, sin soñar ni siquiera con que un día lo pueda llevar sobre sus hombros.  La historia es muy sencilla, él padece una enfermedad que no le permite hacer este tipo de esfuerzos, por lo que ha renunciado irremediablemente a esa penitencia que alguna vez, de niño hizo realidad.  Pero ahora solo le queda acompañar.  Y es esa su forma de cumplirle a Dios la promesa que de joven le hizo.

      No solo su situación económica no le permite gastar más de lo necesario para subsistir, sino que encima de eso, su enfermedad es su peor limitante.  Pero él siente en su corazón una llama enorme que se enciende cuando va cerca de Jesús, cuando sigue sus pasos al ritmo de la solemne marcha, cuando se detiene para descansar juntamente con Jesús para mitigar el cansancio de los cargadores.  Después de muchas cuadras de caminar junto a Él, se aleja satisfecho de haber cumplido una vez más con su penitencia.

      Yo estoy seguro que para Ti, Jesús, ha sido muy valiosa su jornada, y espera volver a reencontrarse contigo, seguro de que Tú lo esperarás siempre, por las mismas calles.

      Cuán valioso ha sido para él, imaginar tu peso en su alma.

      (17) LUZ DEL ALMA.

      Hay en las filas un acompañante silencioso, misterioso quizá, que desde antes de que saliera Jesús de su Iglesia, estaba esperándole en la esquina de siempre.  No lo puede ver  pero siente que los pasos de los cucuruchos le traen cerca de Él, para encontrar de nuevo aquella presencia tan grande y tan especial, que ha ansiado sentir durante todo un año.

      Por fin, Jesús está a su lado. Se arrodilla frente al anda y luego empieza a caminar cerca de la banda donde no correrá ningún peligro de tropezar.  No lo puede ver, sus ojos están cerrados para siempre por la ceguera que por designios de Dios selló su mirada un día, cuando era muy niño.

      Pero desde entonces tiene grabada en la mente, la imagen del Cristo que pocas veces vio en las calles, pero que desde el primer encuentro que tuvo con Él, lo grabó en su corazón. Ahora solo le queda hacerle compañía, caminar junto a Él, en su oscuridad física, porque sus pasos los ilumina la presencia sola y el amor que está seguro Jesús le ofrece.

      Cómo es posible Señor, que con tanta luz en nuestros ojos, caminemos entre las tinieblas del pecado y las ofensas hacia Ti y hacia nuestro Padre.  Tú has puesto a este hombre en nuestro camino para ejemplo, pues a pesar de la prueba que le has puesto, él sigue con fe tus pasos, no solo en esta procesión, sino en todos los actos diarios de su vida.

      Pues el sólo llevar con resignación, y hasta con alegría, esta falta de luz, ya es grato a tus ojos.

      Permítenos señor, que en la ceguera de nuestra alma, logremos escuchar tus pasos que se aproximan a nosotros, y guíanos hacia Ti para que el reflejo luminoso de tu infinita bondad nos conduzca hacia el sendero que nos has marcado, que la lámpara de tu bondad le de luz a los ojos de nuestra conciencia y que caminemos nuevamente ante el resplandor de tus pasos.

      Déjanos ser como aquel no vidente que te acompaña, porque sabemos que en su corazón no le falta la luz de tu amor y ella le guía hacia el cielo, como puede guiarnos también a nosotros.

      (18) TE VEO PASAR

      Nuevamente vienes Jesús a visitar mi calle.  Mi humilde casa se adorna de luto penitente en sus ventanas y en su portón  principal, para significar con ello que soy parte de tu dolor, de tu pesar, de tu pasión.  Y no solo mi casa, Señor, yo también esta vez soy parte de ella. La voluntad del Padre Celestial me tiene atrapado en mis enfermedades de vejez y no me permite ya  cumplir con mi penitencia de muchísimos años, de acompañarte en tu recorrido. Hoy por primera vez solamente puedo verte pasar,  solo puedo esperar esos momentos, fugaces segundos en que Tú estarás dando unos cuantos pasos frente a mí, y apenas me dará tiempo para decirte Adiós,  porque cuando estés cerca mío, solamente se encontrará mi mirada triste, marchita y enferma, con la tuya, sufrida, doliente y resignada.  Y ese encuentro visual, ese encararme contigo quizá por última vez, me da ánimos para pedirte que se haga en mí, tu voluntad, que si ya no me es posible que mis pasos me lleven junto a Ti en tu majestuoso recorrido de penitencia, que por lo menos tu imagen quede grabada en mi corazón y en mis ojos, para que nunca deje de agradecerte las tantas y tantas bendiciones que recibí durante tantos años que pude acompañarte.

      Un día te prometí Señor, que dejaría de andar a tu lado hasta que la muerte me alejara físicamente de tu imagen, pero Tú has dispuesto lo contrario, para hacerme comprender que no es nuestra voluntad la que se hace y me tienes aquí  esperando solamente el momento de verte desde lejos, diciéndome adiós, quizá avisándome que pronto estaré entregando cuentas de mis actos, pero con la esperanza y el consuelo de que Tú estarás cerca de mí, para confortarme y perdonarme las múltiples ofensas que te haya hecho.

      Adiós Jesús, ya se detuvieron tus pasos frente a mí, ya sigues tu camino inexorable y me dejas atrás, sentado en la puerta de mi casa, y pasas dejando en mis ojos unas lágrimas saben a tristeza, pero también saben a resignación y a consuelo.

      Que se haga tu voluntad, Señor, y no la mía.

      (19) LA ALFOMBRA

      Se oye el entusiasmo del grupo de personas que devota y tradicionalmente han hecho la colecta para elaborar la alfombra por donde pasará Jesús.

      Esta vez mi esfuerzo ha sido mayor al de otros años.  No por falta de voluntad sino de recursos, pues perder el empleo, atender una enfermedad grave o tener un gasto inesperado e ineludible, desequilibra el presupuesto de cualquier persona.  Pero no importa.  Haciendo un esfuerzo, ofreciendo algún ayuno, desistiendo de algún paseo y dejando de comprar una prenda necesaria, logré juntar mi contribución.

      Hubiera sido muy fácil decir,  “este año no puedo”.  Pero Jesús nunca me ha dicho, esta vez no puedo, esta vez tengo otras cosas que hacer, esta vez no pasaré frente a tu casa…   No Señor, no puedo dejar de ofrecerte esta forma de suavizar tus pasos, no puedo dejar de participar en la ofrenda que se tiende en el ardiente suelo por donde miles de pasos hallarán un breve alivio al peso del anda en que vas Tú.  No solamente es el aserrín, los corozos, los pétalos de flores o el diseño.  No es solo el arte de tan maravilloso trabajo efímero.  No es solo eso Señor.

      Es nuestra alma la  que está tendida en el suelo para aliviar tu dolor, para descansar tu peso.  Es nuestro corazón que ha quedado simbólicamente expuesto sobre el asfalto para que Tú pases ahí, limpiándolo con las gotas de sangre y sudor que vas derramando para darnos una esperanza de perdón  con la huella indeleble que dejan tus pies cuando pasan sobre él, y lejos de lastimarlo, lo curan de las múltiples heridas que nos causamos  nosotros mismos cada vez que te ofendemos.

      Señor, deja que no solo sea esta alfombra la que suavice tus pasos cada año, deja que sea nuestra alma la que eternamente esté tendida ante Ti para que constantemente nos cures y nos alivies.

      Ahí tendido en el suelo está representado el amor que te profesamos.

      Por eso Señor, valió la pena hacer la alfombra

      (20) EL MUSICO

      Qué bello es acompañarte Señor, desde este privilegiado lugar en donde puedo seguir tus pasos, más que por un trabajo, por una alegría inmensa que siente mi alma de poder ofrecértelo en el momento preciso y en el sitio más adecuado.

      Con solo ver al Director de la Banda levantar los brazos, mi corazón se siente lleno de vigor y mis pulmones se preparan para dar rienda suelta a las notas que de mi instrumento saldrán para conformar el conjunto armónico, que acompañará tus pasos durante unos breves momentos, en “la marcha” que trae a los feligreses nostalgia por los recuerdos especiales que viven en su corazón.

      Este es el momento preciso en que tengo que agradecerte que me hayas permitido este don, porque con él puedo darte mi música como una ofrenda especial que sé que Tú ves con agrado.  Especial es para mí aquel momento en que en la cuadra debemos interpretar una sublime marcha.

      “Ramito de Olivo”, “La Reseña”, “La Sangre de Cristo”,  “Señor de la Merced”, “Martirio”,  marchas tan exclusivas por su significativa inspiración y especial composición, merecen una mayor atención para que su verdadero significado llegue no solo hacia Ti sino que también a los cientos de cargadores y feligreses que te acompañan y ven tu lento caminar por las calles tradicionales de tu cortejo.

      Es ese momento cuando más se sensibiliza mi corazón y mi ofrenda es mucho más sincera. Quizá nunca te lleve en mis hombros como un cucurucho más, pero te llevo en mi alma, porque es en ella donde habitas y donde haces que las notas surquen el viento,  más sentimentales que nunca.

      Por ello Señor, te ofrezco como cada año, la caminata tras de Ti, para que quienes te acompañan sientan más fervor al escuchar la música que has inspirado para conmover las almas de tus fieles.

      Ayúdame Señor a no hacer nunca de este trabajo un simple negocio, sino que sea la bendita fuente de ingresos que me ayude a sostener a mi familia.

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      1 comentario »

      1. Hasta hoy retome mi lectura, y me llamo especialmente la atencion, el relato de demasiado peso y sin turno, ya que seimpre senti curiosidad de saber si alguna vez habian estado en peligro por el peso del anda. Ahora ya se, y luego el deseo de este senor de estar ahi cerca de algo que quiere con tanta fe y devocion, que belleza y al mismo tiempo dolor encierran cada uno de estos relatos. Que bella prosa. patty

        Comentario por patty monzon — 31/03/2010 @ 23:07 | Responder


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