Marcomonzon's Blog

PROSAS CUARESMALES, PARTE IV

  • 32. A Jesús de la Caída
  • 33. A Jesús del Consuelo
  • 34. A Jesús de Candelaria
  • 35. A Jesús de la Merced
  • 36. Terminó la Pasión
  • 37. Viernes de luto.
  • 38. Al Señor Sepultado de la Recolección
  • 39. La entrada
  • 40. De regreso a casa

LA CUARESMA DE MI GUATEMALA

PARTE IV

(31) CANSANCIO

Voy con mis niños por las calles empedradas, polvorientas, quemantes por el sol.  Tal vez sin explicarse el por qué, ellos van de mi mano, amorosamente, humildemente, acompañando al Señor en el largo recorrido que ha iniciado desde tempranas horas del día, y que terminará hasta ya bien entrada la noche.  Ellos están entusiasmados, porque ninguna cuadra es igual a la otra.  El anda es la misma, Jesús es el mismo, el adorno es el mismo, pero los pasos no son los mismos, la penitencia en cada cuadra es distinta, el calor del sol varía en cada metro que se avanza,  y una nueva experiencia se descubre conforme van pasando los minutos. Ahí van ellos, lentamente al ritmo del anda, precediendo al Nazareno o al Sepultado, sin sentir el cansancio, sin sentir las horas, sin reparar siquiera en el hecho de que el sol se ha alejado y que la luna llega melancólica, para recordar de nuevo aquella noche del primer viernes Santo en que Cristo murió por el bien de la humanidad.  Sin embargo, ellos ya piden una pausa en el camino.  Se han cansado pues sus energías, limitadas aún por sus pocos años, ya han menguado.  Necesitan sentarse por unos minutos, y mientras a la orilla de una banqueta o en el dintel de una puerta, descansan y meditan sobre lo que les espera en el futuro, soñando que tal vez el próximo año ya puedan dar el alto para participar en la procesión como cargadores, los veo dulcemente, y te pido Señor, que los protejas. Ellos van hacia adelante, cuesta arriba, buscando su propio destino, yo voy hacia abajo, empezando el camino de retorno,  viviendo los resultados del destino que me he buscado.

Y te pido Señor, de todo corazón, que siempre estés a su lado, que siempre camines con ellos y que siempre los lleves de la mano. Te pido que cuando yo falte, nunca se separen de Ti, y que ese ángel de la guarda que Tú les enviaste, siempre los proteja de toda adversidad y que los ayude a evadir los caminos del mal.

Jesús, Ilumina sus pasos para que lleguen un  día a tu presencia, como yo espero poder hacerlo cuando me llegue la hora, gracias a tu infinita bondad.

(32) A JESUS DE LA CAIDA

Nos preparamos familiarmente para asistir a un cortejo procesional por excelencia.  Tradicional, místico, como deben ser los cortejos del Nazareno.  Calles empedradas, silencio absoluto, calor sofocante del medio día o frío sabroso de la noche.  Lámparas que alumbran el camino como las de las esposas virtuosas.  Pasos que a ratos se arrastran entre el polvo del camino.  Jesús de la aldea,  Jesús de los caminos regados con agua para asentar la tierra, de las calles cubiertas de pino, aserrín y flores.  Ahí va Jesús, con su rodilla doblada, su mano apoyada en el suelo, la cruz que cae sobre su hombro y su mirada de cansancio.  Quién como Él puede caer una y otra vez.  Solamente Él.  Nosotros humanos, caemos muchas veces sin levantarnos, seguimos sin atrevernos a dominar el peso de nuestra propia cruz, nos acomodamos apoyándola en el suelo mientras descansamos de la penitencia y seguimos absorbidos por nuestras propias rebeldías.  Pero Tú, Cristo,  Tú Señor de la Caída, Tú Jesús de San Bartolo, solo Tú puedes enseñarnos que es posible volver a levantarse. Con tu actitud nos demuestras que no es solamente una caída de la que debemos sobreponernos, que Tú estás dispuesto a ayudarnos a levantarnos una, dos, diez, cien o mil veces.  Que es nuestra voluntad la fortaleza que nos hace falta para pararnos de nuevo y levantar el peso que nosotros mismos nos hemos echado sobre los hombros. Eres Tú el ejemplo que necesitamos imitar para que llevarte en un turno no sea solamente cumplir con una tradición, sino  tomarte como modelo y saber que sin tu ayuda no podremos jamás levantar dignamente la vista hacia Ti y  pedirte perdón por nuestras culpas.  Por eso inspiraste Señor, las manos de aquel tallador para que te representara en esta forma, y así al verte nos miremos a nosotros mismos caídos, pero dispuestos a levantarnos despojados del peso de la culpa.  Gracias Señor por estar en aquella humilde aldea, para hacernos compartir la humildad de tu origen y las fuerzas de tu entrega.

(33) A JESUS DEL CONSUELO

No se equivocó aquel buen hombre que señaló que tu mirada era la mirada del Consuelo.  No hay más dulce ni más bello semblante que el tuyo.  Solamente en tus bellos ojos llorosos y tristes puede reflejarse tanto amor. Ese gran amor que solamente Tú pudiste sentir por aquellos hombres que te castigaron con tanta crueldad.  Ellos sin duda alguna tuvieron el privilegio de ver esa mirada cuando le decías al Padre, “perdónalos, no saben lo que hacen”, como lo tuvieron las mujeres que al llorar por Ti, les dijiste, “no lloren por mí, sino por vosotras y por vuestros hijos”. Gracias Jesús porque inspiraste al artista para que plasmara ese momento en esta imagen tuya que  hoy atrae a las muchedumbres.

Sí, Jesús del Consuelo,  tu nombre lo dice todo.  Es el consuelo que buscamos los que hemos atentado contra Ti, los que te hemos puesto más peso sobre tu cruz,  los que en un momento de debilidad hemos castigado tu hombro con la carga de nuestras culpas.

Pero ahí estás Tú, humilde como siempre, amoroso como siempre, sencillo como siempre, esperando a tus  fieles como siempre, año tras año con más solemnidad en las calles, en el sábado más bello como siempre, impartiendo tus bendiciones como siempre, y nosotros como siempre esperando ver tus ojos llenos de piedad  hacia quienes creemos en Ti, que confiamos en Ti, que esperamos el perdón de Ti, que te amamos no por la suntuosidad de tu cortejo, sino por la sencillez con que te vimos hace años salir a las calles.  Hoy a pesar de la majestuosidad que te rodea, vemos en tu mirada de consuelo la misma humildad de aquellos años.

Así es Jesús del Consuelo, nuevamente esperamos tu salida del templo recoleto, nuevamente te acompañamos por las calles y nuevamente sabemos que ese breve instante de nuestro encuentro es suficiente para saber que Tú nos amas y nos perdonas, que Tú nos cobijas bajo tu manto, que Tú intercedes por nosotros-

Y sabemos que tu bello nombre es una diaria y latente realidad.

(34) A JESUS DE CANDELARIA

¿Qué tiene de especial el Jueves Santo?  ¿Por qué es tan esperado este día? Porque Jesús de Candelaria saldrá nuevamente a las calles en una procesión que por antigua y tradicional conlleva un misticismo especial.  Se nota en la gente un semblante de tristeza pero de alegría al mismo tiempo.   Es aquel duelo  dulce, de esperanza, de fe, porque al mismo tiempo que vemos a Jesús con su cruz a cuestas en un paso lento y solemne,  lo vemos rumbo al altar en la institución de la eucaristía que nos dejó como símbolo de su eterna presencia  a través del pan y del vino.  Jesús sale a las calles, con aquella mirada triste y resignada, aquel silencio que grita perdón, aquel peso que se nota en sus rodillas, aquel mensaje que lleva en su alegoría, tan sencillo, tan simple, pero tan majestuoso a la vez y tan lleno de amor hacia su pueblo.  Jesús, hoy Jueves Santo, nuevamente te acompaño en las calles, desde que sale el sol, hasta que la luna llora su dolor por tu pasión en el centro de la noche.  Voy a tu lado, viendo tu cruz resplandeciente que refleja los rayos del sol o la luz nocturna que hace relumbrar tu figura.  Observa Señor, a tu paso, a los miles y miles de creyentes que esperan tu bendición, que esperan encontrar como por milagro, tu mirada triste y resignada.  Mira a los pobres de espíritu, a los que buscan en Ti resignación para sus penas, a los que creen que Tú puedes perdonarles sus ofensas hacia nuestro Padre Celestial, a los que caminan a tu lado para recibir tus bendiciones, a los que te esperan en una puerta, buscando que tu paso les deje de nuevo la salud, a los que en el ocaso de su vida, esperan con resignada esperanza volverte a ver el próximo año, o encontrarse contigo si antes decides llamarlos a tu presencia.  Y mírame a mí, pobre pecador, buscando también una comunión contigo, aunque sepa que pasado este día, por mi trabajo, por mis múltiples ocupaciones te tendré quizá guardado en un rincón de mi corazón.

Confío en que  Tú, Señor de Candelaria, nunca me apartarás de tu cruz de esperanza mientras llega el próximo Jueves Santo.

(35) A JESUS DE LA MERCED

(Ciudad Capital)

Por fin ha llegado otro Viernes Santo, tan esperado, tan ansiado, tan necesitado.  Y es para verte nuevamente en las calles con tu Cruz a cuestas, pero no por morbosa complacencia;  no Señor, Tú sabes que no es así.  Es porque al verte en las calles más cerca de nosotros, con tu serena mirada, con tus manos firmes, con tu paso decidido,  sabemos que tenemos en Ti a nuestro más fiel, al único amigo, a quien nos espera durante todo un año desde su templo.  Pero hoy te vemos salir en busca nuestra Señor, gozamos de tu presencia como aquel que recibe lleno de júbilo la visita del amigo que tiene tanto tiempo de no ver.  Tú has salido hoy a visitarnos, a encontrarte con nosotros en donde siempre fue tu hogar; en las calles llenas de pecadores, de enfermos, de pobres, de faltos de fe. Ese ha sido, es y será siempre tu hogar Señor.

Sabemos que tenemos tu Imagen Consagrada en una capilla, y que habitas en nuestra alma, nos acompañas a donde vamos, contamos con tu presencia con tan solo traerte a nuestro recuerdo.  Tú has ennoblecido las almas más fuertes y rebeldes, es más, Tú eres parte de nuestra historia.

Por algo Tú eres el último de la Semana Santa en salir con tu cruz, para enseñarnos que no es nada el sacrificio o la penitencia que nosotros hacemos, comparados con el inmenso amor que nos demostraste aquel primer Viernes Santo en que el pecado se ensañó en tu contra y que el perdón lo venció después de la muerte.

Hoy, Viernes Santo, Jesús de la Merced, renovamos como tantos años lo hemos hecho, nuestro amor y nuestra fe hacia Ti, nuestro deseo de acompañarte no solo este día en una cuadra acariciando tu peso, sino que por sobretodo, llevándote en nuestro corazón con amor filial y con la promesa de seguir entregados a Ti, y alejados del pecado para hacer más liviana tu cruz y más placentero el camino que nos conducirá hacia el Padre, en tu grata compañía.

Y es que cada Viernes Santo, Tú nos marcas de nuevo el camino de la salvación y la esperanza.

(36) TERMINO LA PASION

Jesús entró, ya los últimos acordes para el Nazareno invadieron el templo, ya se convirtió toda aquella solemnidad, en un total silencio de meditación, de tristeza, nostalgia, dolor, luto, angustia, y de espera para poder acompañar dentro de trescientos sesenta y cinco días al Cristo dulce y bondadoso que ha salido de nuevo como hace cientos de años, a devolvernos la fe en la vida.  Acaso estoy en este instante derramando mis lágrimas de arrepentimiento, o viendo a aquel desconocido llorar en silencio su dolor y sus penas, o a la señora que te ve tiernamente confiando en que sus lágrimas serán un manantial de consuelo que has puesto en sus ojos para mitigar su angustia. Ahora viene la muerte Ahora solo nos queda esperar. Vienen los cortejos fúnebres, viene Cristo muerto, pero en mi corazón ha quedado el Cristo destrozado, el Cristo cansado por el peso de la cruz, la silueta cortada por dos líneas que se entrecruzan en su hombro como se cruzan en mi corazón el pecado y el arrepentimiento, el dolor y la alegría, la desesperanza y el consuelo, el escepticismo y la confianza, el bien y el mal, la fe y la tradición…Quedas ahí Jesús, invadido de almas que sufren y que buscan tu perdón o tu ayuda.  Estoy entre ellos, esperando también que el milagro de la redención por fin se realice en mí.  Que nuevamente resucites en mi pecho y que limpio y arrepentido busque tu luz y no se aparte de ella.  Te busco Señor, en el dolor de mi prójimo, en la necesidad del pobre, en el hambre del niño de la calle, en el tormento del prisionero, en la cama del enfermo, en el fango de mis pecados y en el jardín de tu perdón. Estoy aquí meditando unos momentos más, y veo a mi alrededor un ambiente de dolor, la nostalgia de tener que esperar un año para acompañarte de nuevo para unir a los tuyos, mis pasos llenos de cansancio, de calor, de fe, de esperanza y de amor hacia Tí.  Espero, Jesús, siempre espero…

Sé que si es tu voluntad, nuevamente el próximo año nos uniremos en las calles, Tú con tu cruz, y yo con la mía…

(37) VIERNES DE LUTO

Llegó el Viernes Santo.  La tarde del luto, la hora nona en que la tierra se estremeció, la noche en que el cuerpo destrozado, lacerado, herido, golpeado, maltrecho, ensangrentado e inerte de Cristo fue trasladado al sepulcro para esperar el momento del triunfo sobre la muerte.  Es la tarde en que nuestros corazones se entristecen, en que sienten que realmente en este momento muere Jesús.

Y en esta tarde es Jesús quien nos hace recordar, al ver aquella imagen que en solemne cortejo es llevada hacia la tumba de nuestros corazones, que hubo solamente una persona que estuvo dispuesta a entregar su vida por nosotros.  No es un misticismo, no es un mito, es una realidad palpable que aún en nuestros días revive cada año para mostrarnos el camino por el cual llegaremos a la puerta de la eternidad.

¿Acaso no lo dijo Él mismo?  “Para que haya vida, debe haber muerte.  Para que la semilla germine, debe morir entre la tierra.” Y así murió en esta tierra de malvados Y así resucitó entre ellos mismos para demostrar el poder de Dios ante el pecado y ante la muerte del alma.

No permitas Jesucristo que nos quedemos nosotros también en el Viernes santo de nuestra vida.  No permitas que permanezcamos eternamente de luto ante la perdida momentánea de tu compañía. Tu tienes el poder de despertarnos cada día con renovada fe, Tú resucitaste y tu resurrección no fue en vano si reconocemos cada día que estás vivo en nuestro prójimo, que estás  en el rico y en el pobre, en el creyente y en el incrédulo, el justo y en el pecador. Estás en nuestro diario convivir con nuestra familia, con nuestros compañeros de trabajo que al igual que nosotros llevan su propia cruz.  Estás en el que gobierna y en el que es gobernado.  Es viernes Santo, el día de tu muerte. No nos dejes ser adoradores de la muerte.

Haz que el cortejo procesional de tu entierro nos conduzca este día Señor, a la gloria de nuestra propia  resurrección en Ti por siempre Jesús.

(38) AL SEÑOR SEPULTADO DE LA RECOLECCION

Llegó por fin el Viernes Santo, viernes de luto, viernes en que nuevamente estaremos frente a Ti, Señor, para ver la forma en que eres elevado en la cruz, la forma en que se recuerda tu sermón de las  Siete Palabras, la forma en que eres bajado del madero, en que eres presentado ante nuestra Santísima Madre y en que es mostrado a la muchedumbre, tu cuerpo lacerado, ensangrentado, molido, herido, maltrecho, inerte, sin vida…

No es solo el hecho de recordar aquel momento mediante este drama en el que Tú, Señor, eres el actor principal.  No deberías ser Tú el personaje central, no deberías ser Tú quien bajara de la cruz luego de redimir el pecado.  No Señor, deberíamos de ser nosotros quienes protagonizáramos ese acto, quienes lejos de ser simples espectadores, indiferentes y callados, sin valor para gritar ¡ No le crucifiquen ¡ subiéramos a la cruz, claváramos nuestra alma al madero para sentir el dolor que siente tu espíritu por nuestras culpas, y bajáramos luego con el corazón liberado del amor al dinero, a la carne, a los bienes, al poder…

Es impresionante la imagen que nos presentas Dios Nuestro, en la escultura del Cristo Yacente de la Recolección.  Sola ella es capaz de cautivarnos, de estremecernos, de hacernos temblar ante la culpa que aún arrastramos por aquellos que pecaron antes que nosotros y que pecarán después.  Por nuestras propias culpas que nunca terminamos de enmendar. Pero tu sola presencia Señor, es capaz de hacernos reflexionar sobre lo que sucedió aquella tarde, sobre lo que sucede hoy y sobre lo que se repetirá el próximo Viernes Santo, en que Tú vuelves a la Cruz a llamarnos para que nos arrepintamos y de verdad resucitemos contigo en la hora de la redención.  Cuídanos Señor, y sigue estremeciendo nuestras almas. Algún día llegaremos al verdadero arrepentimiento y caminaremos tras la huella que ha dejado tu sangre en el sendero de nuestra vida. Algún día… cualquier viernes de los que nos esperas y nos abrigas en tu sepulcro, Señor.  Algún día…

(39) LA ENTRADA

Puede ser una simple coincidencia.  Puede ser producto de esos azares del destino que nos envía algún mensaje.  Puede que de alguna manera exista un vínculo entre Él y los niños que me ha dado. El caso es que, hace muchos años, Dios me envió un hijo, -el primero después de once años de espera- y esa vez, en la noche de Jueves Santo, tuve el privilegio de cargar “la entrada” llevándolo en mis brazos.  Siete años después, esta situación se repetía y mi segundo hijo me acompañaba mientras “Una Lágrima” acompasaba la entrada de Jesús en la noche de la solemnidad.  Acaso este haya sido un mensaje del Señor para que mis niños, como lo hacen desde entonces, sigan también con esta bella tradición, con esta devoción de siglos.  El caso es que dos años después, Dios me envió otro niño.  Pero lo envió para manifestarme su presencia y su voluntad.  Aquel pequeñito no me pertenecía porque debía retornar al cielo a jugar con otros ángeles. Y  lo retornó apenas a diecisiete días de nacido.  No era mío, era del cielo.

Viernes Santo por la noche…  El templo lleno de oraciones, de silencio, de pesar, al igual que mi corazón que en aquel instante recordaba a la criatura que estaba ausente de mis brazos.  Ese vacío que yo sentía, aún cuando mi hijo mayor me acompañaba deseoso de ver la entrada del cortejo.  Por uno de esos afortunados designios pude cargar en el turno anterior al de la entrada.  Y al llegar al atrio del templo el brazo que debía dejar para que ocupara otra persona, quedó vacío.  “Quédese ahí”, me dijo alguien del turno y con un poco de temor detuve la orquilla en mis manos, mientras mi hijo extrañado no sabía si hacerse a la fila o seguir a mi lado.  Sonó el timbre y empezó el anda a atravesar el arco principal. Entró Jesús y la Marcha Fúnebre empezó a invadir el ambiente, haciéndolo mucho más conmovedor para mí, que en ese instante imaginé a mi niño entre mis brazos

Era Jesús muerto, y era mi hijo muerto.  Era un turno que no me pertenecía pero que quizá estaba predestinado para que yo lo cargara…  Era mi hijo que tampoco me pertenecía pero que también me acompañaba…  ¿Era esa coincidencia quizá un mensaje tuyo, oh Cristo, para que yo supiera que mi niño estaba Contigo? ¿Acaso era una forma de consolarme de aquel llanto que me ha acompañado desde que él retornó al cielo?  Como haya sido, Tú, Cristo del Amor,  me dabas un bálsamo espiritual al saber que ese angelito que vino a sufrir unos días, siempre estará a mi lado y a lado de sus hermanos cuidándolos y protegiéndolos con igual amor.

De una cosa si estoy seguro, Cristo del Amor.  Que él está a tu lado.

(40) DE REGRESO A CASA

Terminó la jornada.  Regresó  Cristo a su templo después de muchas horas de caminar lentamente por las calles de mi ciudad, para  recordarnos que en aquella primera Semana Santa, Él hizo por única vez este recorrido que nosotros revivimos anualmente.  Dentro de un año se repetirá ese rito que nos une a Él en su dolor, en su angustia y en su perdón hacia la humanidad.

¿Pero vuelvo a casa  solamente con la satisfacción de haber cumplido una vez más con una tradición enraizada en la fe de los católicos?  ¿He cumplido realmente el deseo de Jesucristo, de renovar mis intenciones de ser mejor? ¿O solamente ha sido un espectáculo personal para lucir una túnica que me disfraza como seguidor de Cristo?  ¿Vuelvo a mi casa, después de horas de cansancio, a seguir la vida de antes, o vuelvo con el firme propósito de brindarle  lo mejor a mi prójimo?  ¿Acaso logró Dios conmover mi alma para hacerme enmendar  las culpas y los errores que he venido arrastrando?  ¿O pretendo aumentar mi registro de años de participar en el esplendor y la majestuosidad de la Semana Santa, sin vestir de ese mismo esplendor mi alma pecaminosa y sucia?

No Señor, si antes no lo hice, permíteme esta vez limpiar con el agua espiritual de la penitencia todos mis errores, y ahora, concluida la jornada, déjame ser un partícipe del verdadero significado de la Cuaresma.  Después de vivir la Semana Santa como Tú lo deseas, renuévame en tu amor, deja mi alma limpia gracias a la sangre de tu pasión,  y permíteme ser ante la humanidad, la prueba viva de que tu sacrificio no fue en vano, que tu pasión sirvió y sirve para hacer más liviano el peso de esta cruz que nos hemos tallado a nuestra medida;  que tu muerte nos llena de vida y de esperanza para luchar por ser mejores cada día.

Así Señor, después de haberte dejado en tu sepulcro, permíteme volver a mi casa, con el corazón limpio y con el espíritu lleno de Ti.  Y permíteme encontrarte así, el próximo año en que volvamos a recorrer las mismas calles.

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1 comentario »

  1. Gracias por darme el privilegio de leer tu escrito, sientete satisfecho de estos relatos, muchos de ellos me han conmovido, han regresado a mi alma tan gratos recuerdos de los dias en que podia disfrutar, antes de la mano de mi papa luego con mis propios pasos, de una tradicion tan nuestra de la cual me siento muy orgullosa, de ver que en otros paises alaban el fervor de nuestro pueblo, pido a Dios tengas la dicha de verlos publicados, con todo carino tu prima, patty

    Comentario por patty monzon — 31/03/2010 @ 23:38 | Responder


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